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Hoy no haré otra cosa que
escuchar
Oigo el arte consumado de los pájaros, el murmullo del trigo que se agita, el susurro de la llamarada, el restallar de los leños, mientras cuezo mi alimento Oigo el sonido que más quiero, el sonido de la voz humana. Oigo todos los sonidos, corren a la par, se entrelazan, se unen o se buscan, sonidos de la ciudad y del campo, sonidos del día y de la noche. El bullicio de los niños con aquellos que les aman, las risas sonoras de los obreros a1 compartir su comida. La voz colérica de los amigos que riñen, la débil voz de los enfermos. Oigo al juez que, con las manos apoyadas sobre la mesa y con los labios pálidos, pronuncia la sentencia de muerte, los gritos de los estibadores que descargan en los muelles, el estribillo de los marineros que levan anclas. El silbato del vapor, el pesado rodar del tren La lenta marcha que dirige el cortejo fúnebre, que avanza de dos en dos. Y escucho los coros de una gran ópera, La voz de un tenor, amplia y fresca como la creación, me penetra, Escucho la voz cultivada de la soprano (¿qué relación habrá entre mi canto y el suyo?), La orquesta provoca en mí ardores tales como no me he creído capaz de sentir, Me lleva al mar, entro con pies desnudos, que mojan las olas indolentes, penetro en él, Amargas y coléricas olas me cortan la carne, me ahogo, me asfixio simulando a la muerte, y me libero al fin para encontrarme con el enigma de los enigmas: que llamamos la Existencia.
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